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Argentina Campeón de la Copa Davis: Diario de un fin de semana soñado

Por Gustavo Gonzalez

Fue apenas concretado el triunfo en semifinales ante Gran Bretaña cuando se desató el furor por viajar a Croacia para alentar a la Argentina en la definición de la Copa Davis. Así fue que las 1500 localidades asignadas a nuestro país desaparecieron, casi instantáneamente, de las manos de las agencias que vendían los paquetes para viajar a Zagreb.

Algunos a través de Madrid, otros vía Roma, un grupo con escala en Londres, y varios afectados por la inesperada huelga de la línea aérea alemana Lufthansa, que fueron derivados a Estambul, todos fuimos desembocando en la capital croata hacia el atardecer del jueves.

Atardecer es una forma de decir, ya que a las 5 de la tarde ya era noche cerrada en Zagreb. Sumado a esto, una permanente garúa en el ambiente hacía más gris aún el panorama, el cual se mantuvo del mismo modo durante todo el fin de semana.15289283_10209723793204501_8789862190197794160_o

La ciudad, dominada por edificaciones de mediados del siglo pasado, con algún edificio moderno alterando cada tanto la monotonía arquitectónica, se vio sacudida, invadida, alterada, por la presencia de los colores albicelestes.

A los llegados desde Buenos Aires, se sumaron más de 3 mil argentinos más que desde distintos puntos de Europa también desembarcaron en Croacia con todas las ilusiones puestas en llevarse la tan esquiva Ensaladera de Plata.

El muy lindo estadio, el Arena Zagreb, a 15 minutos del centro, se mostró el viernes15259406_10209723792804491_5299584180204431560_o ocupado en un 80 por ciento de su capacidad, con muchos huecos, especialmente, en el sector alto. Sin embargo, las dos hinchadas se hicieron sentir a lo largo de las casi 8 horas de juego. La local, para acompañar y festejar el triunfo, no sin sobresaltos, de Marin Cilic sobre Federico Delbonis, y la argentina, delirando con la victoria de Juan Martín Del Potro, en una lucha pseudo-tenística contra el bombardeo de Ivo Karlovic y su única y mortífera arma, el saque.

15235547_10209723791284453_1873177916368080738_oEl sábado por la mañana, fue el momento de recorrer rápidamente la ciudad, conocer parte de la antigua muralla que la rodeaba, la Catedral, el Parlamento, la Plaza y la Iglesia de San Marcos, la Puerta de Piedra, la estatua de San Jorge y el Dragón, el funicular, y el impactante e imponente Mercado callejero de Dolac.

Sin embargo, la mente estaba en otra cosa, todos nos mirábamos de reojo y sabíamos que nuestra preocupación era el dobles que se jugaba unas horas después.

Y el dobles, con un soberbio Ivan Dodig, muy bien acompañado por Cilic, dio cuenta en tres sets de la pareja argentina compuesta por Leonardo Mayer y Juan Martín Del Potro que jugaron, especialmente la torre de Tandil, por debajo de sus posibilidades.

Con la serie 1-2, la noche del sábado vivimos sensaciones encontradas. Todos los mensajes y comentarios que nos llegaban de la gente que se había quedado en Buenos Aires, mostraban un pesimismo casi terminal. Se dudaba mucho de que la historia pudiera revertirse.

En cambio, en Zagreb, había una confianza casi total en que se ganaba. Había quienes no daban por seguro que Del Potro pudiera imponerse a Cilic, pero entendían que si se producía ese resultado, para nada improbable, el quinto punto se ganaba seguro. Otros, entendíamos que Del Potro se quedaba con el cuarto punto, pero que lo difícil vendría después: ganarle a Karlovic. Y los optimistas por naturaleza, ya daban por sentado que los dos puntos, y con ellos la Copa Davis, viajaban para la Argentina.

El domingo, la tarde comenzó con una buena noticia para los argentinos. El insoportable cantante que alentaba a los locales en todos y cada uno de los descansos, con canciones regionales pero también con una desastrosa versión en idioma croata de Guantanamera, fue relevado de su tarea apenas apareció, después del silbido ensordecedor que lo recibió.

Ahora faltaba jugar, y quien lo hizo, por un largo rato y a altísimo nivel, fue Marin Cilic.
Hasta que, cuando parecía que le derrota era inevitable, el inmenso Juan Martín Del Potro, resurgió con su tenis, pero principalmente con una garra tremenda para dar vuelta el partido, despachar al número 6 del mundo en 5 sets y 5 horas de juego, y dejar la mesa servida para que Federico Delbonis se sirviera el mejor plato, el último de la noche.15304291_10209723793004496_7228595146684163498_o.jpg

Y fue muy llamativo en ese momento, ver cómo salieron a jugar Karlovic y Delbonis ese punto decisivo, con qué actitud lo hicieron, y cómo se comportó el público en el momento de la verdad. Los croatas, increíblemente, abandonaron masivamente el estadio, de manera que más que nunca retumbó en el Arena el clásico “Y ya lo ve, y ya lo ve, somos locales otra vez!”.

Y esa falta de apoyo contagió a Ivo, el gigante, que pareció más chiquito que nunca ante un Fede que creció, y creció, basado en una maravillosa devolución de saque, hasta cerrar una faena perfecta, en el que seguramente fue el mejor partido de su carrera.

¿Cómo explicar aquí lo que sentimos los casi 5 mil argentinos presentes en Zagreb cuando Karlovic devolvió afuera el último saque de Delbonis, y la Copa Davis ya pasaba a ser propiedad de nuestro tenis?

Los más viejos seguramente se acordaron de Enrique Morea, los que andamos por los 50 y que aprendimos a amar a este hermoso deporte de la mano del inigualable Guillermo Vilas, recordamos y agradecimos a aquel pelilargo de vincha por haber creado las condiciones para todo lo que vino después. Los más pibes, habrán rememorado las épicas batallas del rey David Nalbandian.

Pero todos, absolutamente todos, sin distinción, lloramos y nos abrazamos. Lloramos como pibes, lloramos porque fueron muchos, muchos años detrás de un sueño. Y pudimos verlo cumplido a más de once mil kilómetros de distancia de nuestra tierra, con la familia y los amigos alentando y alentándonos desde allá lejos, pero más cerca que nunca.

La mañana del lunes, después de los festejos nocturnos en las plazas, hoteles, pizzerías, en cualquier lugar en el que se encontraba un argentino, amaneció con una sorpresa. Después de tantos días, el gris se había ido: el sol por fin iluminaba Zagreb. O tal vez no era el sol, tal vez era la gloria conquistada por el tenis argentino, que nos iluminaba a todos.

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