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La frase hecha de los valores del deporte

Por Luis Pelaez

En la antigüedad se consideraba que los días en el que se desarrollaban los Juegos Olímpicos tenían que ser acompañados por un tiempo de paz, de tregua, pausando los conflictos que tenían lugar en los distintos pueblos y regiones. Este proceso se conoció como Tregua Olímpica o ekecheria. Su objetivo estaba destinado, durante los siete días anteriores a la apertura de los Juegos y hasta al menos el séptimo día luego de su finalización, al cuidado de los atletas, artistas, familiares y caminantes para que pudieran viajar con seguridad hacia el lugar de celebración de los Juegos y regresar después a sus ciudades.

En la antigüedad esta tregua fue un pilar fundamental, garantizaba presencia de los atletas y de los espectadores en un contexto seguro y pacífico. Según los registros la primera celebración de la olimpiada se realizó en el año 776 a.C.; y fue recién en el año 864 a.C cuando se firmó entre Ífito por los Eleos, Licurgo por Esparta y Cleóstenes por Pisa, la famosa Tregua Sagrada durante tres meses que impedía la guerra y que declaraba inviolable el territorio de Olimpia.

Al comienzo del retorno de la celebración de los Juegos Olímpicos en la modernidad la tregua o el aporte del deporte a una mejor sociedad no tuvo mucho lugar en medio de 2 guerras mundiales. Luego llegaron algunos boicots que por temas políticos, ideológicos y sociales desembocaron en la ausencia de delegaciones enteras por decisión de federaciones y de gobiernos que utilizaron al deporte como maniobra para enviar un mensaje como parte de un posicionamiento que poca relación tuvo con lo estrictamente deportivo. El deporte se transformó en una herramienta política que poco se utilizó para bregar por la paz, por el alcance de los acontecimientos que pasaron por encima de cualquier discusión diplomática, y luego siendo piezas de ajedrez en el tablero de la Guerra Fria.

La celebración de los juegos en la modernidad no le dieron uso a la opción diplomática que empezó en el 864 a. C.  hasta la década del 90 cuando en 1992, el Comité Olímpico Internacional (COI) hizo una apelación a las Naciones Unidas para facilitar la participación de los Atletas de la Ex Yugoslavia a los Juegos de Barcelona 1992, apelando a la Tregua Olímpica. Londres 2012 fue la primera edición de los Juegos que consiguió el 100% de adhesión de los países de la ONU a la resolución que pide la paralización de conflictos en el mismo intervalo de días que anteriormente formaba parte de la tregua en los juegos antiguos. El objetivo, según el COI, es hacer del deporte un medio para promover la unión entre los pueblos, aportando a uno de los anhelos de Pierre de Coubertin, además del pedagógico, por los cuales también insistió en la recuperación de la celebración de estos Juegos: el deseo de que el deporte contribuya a la paz.

Si bien uno de los Principios fundamentales del olimpismo busca “fomentar el deporte y así la cultura y la educación, el buen ejemplo y, el respeto a los principios éticos fundamentales y universales”, la amplitud y vagueza de la definición sustenta cualquier tipo de discurso que quiera retomarlo para poder utilizar el deporte en cualquier contexto posible. Es común escuchar a dirigentes políticos hablar de la importancia del deporte en las políticas sociales, apostando a darle el apoyo necesario, nunca suficiente, para su desarrollo, pero poco se parece a lo que pasa realmente o a lo que realizan algunos gobiernos en su gestión concreta en otras áreas. Hay que entender que el deporte por sí solo no va a salvar a nadie si únicamente se habla de valores en medio de frases hechas. El análisis del apoyo no debe abocarse sólo al avance de la infraestructura y de recursos, sino que también se debe prestar atención a lo pedagógico en su enseñanza.

Los valores que tanto se mencionan pueden ayudar a construir una sociedad mejor, sólo si se entiende qué es lo que nos puede enseñar el deporte, sin quedarse sólo con su práctica. El trabajo en equipo, la superación, el esfuerzo, la solidaridad, el juego limpio, la amistad, y tantos otros aspectos sobre los cuales en alguna medida el deporte trabaja y potencia en su práctica, puede dejar vacío su aprendizaje si no se hace hincapié en su importancia a la par de la mejora del rendimiento técnico.

Como una bola de nieve, se incrementan las presiones, la mirada exitista, la falta de presupuesto y el «ganar como sea», potenciándose por un sistema que mercantiliza lo que se le cruce. Casos como el avance del doping, los estudios para evitar detectar sustancias prohibidas, o las recientes suspensiones de los atletas rusos que se confirmaron la semana pasada, en donde incluso está involucrado el servicio secreto de ese país, son cuestiones que poco tienen que ver con los valores a los que se hace mención en muchos discursos. Si no se hace algo al respecto van a terminar siendo estos los que reemplazarán en su integridad a esta práctica, que cuenta con una enorme cantidad de aspectos que no se observan ni trabajan en otras áreas pero que con el objetivo de ganar a cualquier precio, de competir buscando la victoria que alimente más a los sponsors que a la gloria misma, sólo seguirán alimentando discursos vacíos de contenido sin producir los cambios a los que puede aportar.

La Tregua Sagrada sirvió de paréntesis de conflictos en el pasado y, mientras se la intenta recuperar en la actualidad, sólo orientando los valores que ofrece la práctica deportiva hacia una sociedad mejor es que será posible lograrla.

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