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Camino a Río de Janeiro 2016: parches y conejos de la galera en la urgente recta final

Por Sebastián Fest | canchallena.co

Por Sebastián Fest*

RÍO DE JANEIRO.- Con los Juegos Olímpicos cada vez más cerca y la presión desde el extranjero cada vez más fuerte, los organizadores de Río 2016 apelaron en los últimos días a una heterodoxa combinación para encontrar respiro: soluciones de emergencia, algún conejo sacado de la galera y un optimismo blindado a cualquier duda.»Podemos ver, a simple vista, que la calidad del agua ya mejoró», explicó la semana pasada Gustavo Nascimento a un grupo de periodistas extranjeros en la ciudad olímpica.Es creer o reventar, porque Nascimento, que supervisa todas las instalaciones de los 28 deportes que habrá en los Juegos, está hablando del agua de la Bahía de Guanabara, uno de los mayores dolores de cabeza de Río 2016. Sede de la vela, muchos de los regatistas que probaron sus aguas salieron espantados, porque en algunos sectores flotaba de todo, desde caballos muertos a un sofá. Y, como mostraron medios locales meses atrás, incluso un brazo humano. Mientras Nascimento habla, un grupo de indigentes asa carne en una improvisada parrilla y una mujer consumida hasta los huesos pasa gritando, casi en trance, ante el asombro de un grupo de operarios que trabaja en la instalación de la Marina da Gloria

El problema de la Bahía de Guanabara es que le sucede lo mismo que a Río. En la foto de tarjeta postal es incomparable, pero si se pone el zoom, muchas veces la perspectiva cambia.

Nascimento, y como él todo el comité organizador de los Juegos, busca poner el énfasis en lo positivo y dejar de lado lo negativo. Lo positivo en los Juegos no es poco: las instalaciones deportivas están listas, con excepción del velódromo, a cuya pista de madera siberiana se le están dando los últimos retoques, incluso con una moto que la recorre vuelta tras vuelta para afirmar el piso. Pero lo negativo, más allá de la enorme crisis política brasileña, no puede obviarse. Va desde el agua de la bahía hasta las dudas con el metro que debería llegar a Barra de Tijuca -el corazón de los Juegos-, pasando por el papelón mundial que significó la muerte de dos personas por el colapso de una ciclovía recién inaugurada y demasiado frágil ante el embate del mar.

La Bahía de Guanabara es por momentos una cloaca a cielo abierto, porque allí van todos los desechos de la ciudad. Por culpa de las conexiones cloacales ilegales a la red de desagües pluviales, pero también por el sencillo hecho de que los kilómetros y kilómetros de pobreza extrema que cubren la ciudad llegan hasta las orillas de esas mismas aguas. «Hicimos un cinturón subterráneo de 600 metros de extensión en la orilla de la bahía para solucionar eso. Ese cinturón recoge todo el agua y la lleva a las estaciones de bombeo. Ahora mismo ya no llega ningún tipo de líquido al agua en la Marina da Gloria», asegura Nascimento, que no deja de vender optimismo: «La contaminación ya existente se va a disipar en forma natural por el movimiento del agua en la Bahía de Guanabara y el trabajo de 12 eco-boats recogiendo los residuos sólidos».

Hay una pregunta que sin embargo a Nascimento le cuesta responder: si limpiar la bahía fue una de las promesas estrella de la campaña que llevó a Río a ganar la sede olímpica y la solución era tan sencilla como crear un cinturón que sólo demoró siete meses en construirse, ¿por qué no se hizo antes? «Fue una solución de emergencia decidida por el alcalde».

Lejos de las aguas cuestionadas y en dirección a Barra, lo que impresiona son los pilares de la obra del metro de Río, que requiere de túneles a través de los morros y una compleja ingeniería. Hasta hace poco aún se perforaba piedra, pero los responsables del área de Transportes de la ciudad y el estado de Río de Janeiro aseguran que el metro llegará a Barra y estará funcionando para los Juegos que se inician el 5 de agosto. No se pensaba lo mismo hace unos meses, cuando desde la misma municipalidad carioca se filtraba que un sistema de shuttle-bus sería necesario para alcanzar Barra si se quería evitar la odisea de un viaje en auto que, en horas pico, puede durar una hora y media. ¿Por qué antes no y ahora sí? Con un conejo sacado de la galera: el metro no será para el común de los cariocas, sólo aquellos con acreditación olímpica podrán usarlo. La línea, que llega hasta el otro extremo de la ciudad, incluyendo sedes olímpicas como la Marina da Gloria y el Maracaná, funcionará con frecuencias restringidas. Insuficiente para Beto, un carioca que recorre a diario el tramo entre Barra y Río y confirma que el efecto ciclovía se extendió entre la población: «Durante el primer año no pienso tocar el metro. Necesito asegurarme de que todo esté funcionando bien y no habrá un accidente. No confío en las obras que hacen». No es el único: según una encuesta de la revista Veja, el 84 por ciento de los cariocas no cree en la calidad de las obras de infraestructura.

Son precavidos también los surcoreanos, que días atrás presentaron su uniforme especial para los Juegos y destacaron que hasta el último centímetro estaba rociado con repelente para mosquitos. Joao Grangeiro, director de los servicios médicos de Río 2016 y voleibolista olímpico en Moscú 80, no se toma el asunto a broma y plantea una particular y quizá no del todo oportuna comparación con los Juegos de Pekín 2008, conocidos por su muy escaso legado para la vida diaria de los pekineses: «Creo que la crisis del dengue y del zika fue un gran aprendizaje. Y todo salió bien. En los Juegos siempre hay algún tipo de cuestionamiento. En 2008 se creó una expectativa muy grande acerca de la contaminación del aire en Pekín y de la presencia de algas en la zona de la vela, en Qingdao. Y al final no pasó nada. Acá tampoco: no tuvimos ningún problema, ni con la calidad del agua, ni con el virus zika».

 

*Publicado en Cancha Llena 

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